Vivimos en una cultura que aplaude el logro, pero rara vez valora el proceso. Nos enseñaron a enfocarnos en la meta, en el resultado, en “darlo todo”. Pero… ¿Cuánto te estás perdiendo por vivir así?
Hoy quiero invitarte a una reflexión: Mientras buscás tus objetivos… ¿estás disfrutando el camino?
La trampa de la autoexigencia
Muchas veces, la autoexigencia se disfraza de compromiso. Queremos rendir más, producir más, cumplir con todo. Y sin darnos cuenta, empezamos a funcionar en modo automático. Lo urgente reemplaza a lo importante. El “hacer” reemplaza al “ser”.
¿Te suena familiar?
Mi propio proceso de transformación
Durante mi formación como coach, atravesé un proceso de transformación muy profundo. Hasta ese momento, había vivido bajo una creencia que me parecía incuestionable: “exigirme al máximo era sinónimo de excelencia”. Pero el camino del coaching me mostró algo diferente.
Con el tiempo, entendí la gran diferencia entre exigencia y excelencia:
- La exigencia extrema me llevaba al agotamiento, a la culpa, a la insatisfacción constante.
- La excelencia nace del compromiso con uno mismo, del equilibrio, del disfrute y del cuidado personal.
Aprendí que si nos perdemos el proceso, cuando alcanzamos la meta… sentimos vacío. Sí, logramos el objetivo, pero:
¿Cómo llegamos hasta ahí? ¿Con qué nivel de desgaste? ¿Qué tanto nos desconectamos de nosotros mismos y de quienes nos rodean?
A veces llegamos agotados, pasados de largo, rotos por dentro. Y entonces aparece otra vez la voz autoexigente diciendo:
“¿Y ahora qué sigue?” — sin siquiera darnos tiempo para celebrar nuestros logros.
Mi mayor aprendizaje fue este: no se trata de abandonar los objetivos, todo lo contrario. Hoy, como coach, mi propósito es acompañar a las personas a lograr sus metas, pero con una diferencia clara: que lo hagan disfrutando del camino, cuidando su bienestar, y conectando con lo que verdaderamente importa.
Disfrutar el camino no es ir más lento: es ir más presente
Estar presente significa:
- Reconocer tus logros, incluso los pequeños
- Celebrar cada paso, no solo la llegada
- Permitirte descansar sin sentirte menos productivo
- Mirar a tu alrededor con gratitud
No se trata de “bajar el ritmo”, sino de cambiar la mirada. No se trata de elegir entre resultados y bienestar, sino de integrarlos.
¿Cómo empezar a vivir tus procesos de otra manera?
Te comparto algunas ideas simples que pueden marcar la diferencia:
- Lleva un registro diario de logros (aunque sean mínimos).
- Agenda pausas reales durante el día.
- Celebra tus avances con tu equipo o comunidad.
- Agradece al final del día algo que no tenga que ver solo con “resultados”.
Tu camino también merece reconocimiento
Tu esfuerzo vale, pero tu bienestar también. Tu productividad importa, pero tu presencia aún más. Tu destino es importante, pero el camino también tiene valor.
Y vos… ¿estás disfrutando tu camino?
Me encantaría leerte. ¿En qué momento te diste cuenta de que necesitabas frenar un poco? ¿Qué estrategias usás para estar más presente?
Guardá este artículo si querés volver a leerlo en un momento de ruido mental. Y si creés que a alguien más le puede servir… compartilo.



